En los albores del siglo, ambos eran emblemas de distintas formas de
entender la música. El Arranque era la orquesta de tango más celosa por
redescubrir los yeites de los maestros para fundar un lenguaje contemporáneo
desde ellos. Esa posición les creó una falsa imagen conservadora, pese a que,
aún desde el clasicismo, nunca dejaron de explorar nuevas vías.
Kevin Johansen era el cantautor omnívoro –como otros, pero quizá con
más masividad— que devolvía, sin perder cierta frescura pop o rock, unas
criaturas indefectiblemente argentas, indefectiblemente globales: algún tango,
alguna milonga, alguna habanera (abuela paterna del tango) y demás. El que se
manda a terrenos desconocidos con tanta temeridad como alegría.
En 2012, sus destinos, supuestamente paralelos, se cruzaron. El
Arranque acompañó al cantautor en dos temas de su último disco, el tango “Nieva
en Buenos Aires” y “Everybody knows” (de Leonard Cohen). Hubo después un
concierto en el Festival de Tango, hace un año, en donde empezaron a transitar
un repertorio de “temas propios, clásicos y otros caprichos”, como ellos lo
definen.
El encuentro, parece, se está volviendo una
sana y esporádica costumbre. Si algo reveló, es que no solo “Tangómana”,
“Daisy” o “El de la puerta”, de Johansen, rinden de lo más bien con una típica
atrás. También lo hacen otros temas, menos previsibles, como “Guacamole”. La
buena química, los inteligentes arreglos de El Arranque y el timbre grave y
melancólico del cantor hacen el resto.

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