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8 de octubre de 2013

Eddie Shaw: Lobo está



Imponente en el escenario con sus dos metros de altura, su cabeza de moái de la Isla de Pascua y su aullido lobuno (de donde viene su sobrenombre), Howlin’ Wolf fue uno de los más personales intérpretes y compositores de blues. Por eso es difícil encontrarle un heredero. Sin embargo, cuando uno escucha a Eddie Shaw, por su vínculo personal y por ciertos guiños que hace al oído, ¿cómo esquivar la tentación de decir que, si hubiera alguno, hoy sería él?

El saxofonista entró y salió de la banda del Lobo varias veces desde 1958, compuso y arregló para ella y finalmente se quedó con parte de ella cuando el líder murió. En los más de 35 años que pasaron desde entonces, Shaw construyó una sólida carrera solista con algunas canciones contundentes (uno tiene la sensación de que, de haber sido líder en los 50, más de una sería ya un clásico) y un estilo como saxofonista hecho de frases cortas y estridentes, con notas como pinchazos y el aire agitando con violencia la lengüeta del instrumento. Como vocalista, claro, ostenta una voz tan rasposa y grave como cabría esperar, a veces dibujando, casi tímidamente, como homenaje, esas líneas sinuosas que tanto caracterizaban a Wolf.

A sus 76 años y en muy buena forma, Shaw lamenta que los nietos y bisnietos de su generación desconozcan el blues y se vuelquen a las más redituables arenas del hip hop, pero sigue dando batalla desde un género que, como en sus orígenes, florece en los márgenes del mainstream. Como eligió titular uno de sus discos: “No puedo parar ahora”.

9 de julio de 2013

James Cotton: Soplando desde la ciudad del viento



Quizás los canales de televisión no van a transmitir en directo. Pero toda la patria blusera sabe de la enormidad que significa tener en Buenos Aires a James Cotton, uno de los sobrevivientes de la generación de músicos crecida en las profundidades del Sur en la primera mitad del siglo XX.

Cotton se crio en un campo de algodón de Mississippi y quedó huérfano de niño. Mientras se convertía en un prodigio de la armónica, rindió todas las pruebas: bailes de mala muerte en Arkansas y Mississippi, espectáculos en la Beale Street de Memphis, inserción en la escena de Chicago (donde fue ladero de Muddy Waters). Hasta el renacimiento del género en los 60, del que fue protagonista.

Hay un tema autobiográfico en Cotton Mouth Man (2013) que se llama justamente “Él estuvo ahí”. Pero nada más lejos que Cotton de un dinosaurio aferrado a su gloria. Allí, no sólo los temas son casi todos nuevos sino que muestra que aún es capaz de hacer tremolar el instrumento y redefinir su estilo con dignidad.

Si algo caracterizó el sonido de James Cotton fue la virilidad, el aire soplado y aspirado tan brutalmente que no  daban abasto las lengüetas, al borde de la saturación (no casualmente su banda fue pionera en usar distorsión en la guitarra). En escena, supo ser un portento bañado en sudor.

Hoy debe tocar sentado, es cierto, pero, tranquilos, su fiereza no se ha apaciguado. Como lo muestra el nuevo disco –o el anterior, Giant, nominado a un Grammy–, mientras James Cotton siga en pista, Chicago seguirá siendo la “ciudad del viento”.

6 de octubre de 2012

Amadou & Mariam: Bienvenidos a Malí



Malí es uno de los países más pobres del África y también la cuna del llamado “blues del desierto”. Este género, cuya figura definitoria es Alí Farka Touré, es una suerte de vuelta a sus raíces del blues estadounidense, que los músicos africanos adoptaron y adaptaron, incorporándole sus propias tradiciones musicales. En ese caldo cultural se formaron Amadou Bagayoko (voz y guitarra) y Mariam Doumbia (voz), una de las parejas con más proyección de la música africana actual.

Aunque en la guitarra de Amadou se puede reconocer ese clásico sonido filoso tan africano, no es blues lo que hacen sino una música más festiva, que conecta con el sentimiento de aquel género pero también con el de sus orgullosos hijos y nietos, el R&B, el soul, el funk, el reggae. Su música no está exenta de declaraciones políticas, pero en un marco de celebración a la vez africana y global que encuentra expresión en el eclecticismo de los instrumentos (violín, percusión, vientos, programaciones) y las influencias (sub y norsaharianas, latinas, mediorientales, indias).

En esa línea se inscriben sus últimos discos: Dimanche à Bamako (2004), con la mano excesiva de Manu Chao, que fue el productor; Welcome to Mali (2008), que los consolidó en el mapa mundial de la world music; y el reciente Folila (2012), repleto de invitados cuidadosamente elegidos con un criterio que mira más la novedad (de esos que vale la pena conocer) que la chapa. En su primera visita en solitario (habían estado hace algunos años en un festival), Amadou & Mariam van a presentar esta obra de una contundencia casi rockera, aunque igualmente llena de ese colorido tímbrico y esa riqueza rítmica que a los oyentes extrafricanos tanto nos seduce.

10 de agosto de 2011

Coro Gospel de Argentina: Mística negra en tierras porteñas





¿Un coro gospel de Buenos Aires? Vamos, suena un poco raro, como cuando aparece en Cosquín un japonés cantando chacareras. No es que la música religiosa afroestadounidense sea completamente desconocida por acá: algo aparece en el repertorio de coros y grupos vocales –inclinados en general más por una expresión particular: los negro spirituals–, incluso algunas formaciones especializadas hoy olvidadas abrieron cierto antecedente, pero eso no bastó para que el género echara raíces.

Sin embargo, ahí está, creciendo a paso firme, el Coro Gospel de Argentina. Después de dos años de duro trabajo, muchas presentaciones en iglesias, eventos, teatros y también como invitados de Dancing Mood (véase DVD 100 Nicetos o, en su defecto, Youtube) y un buen disco –This is how we do it! (2010)–, el Coro demostró que no es apenas un grupo de entusiastas. Hay que escucharlo para ver hasta qué punto la cosa va en serio.

Uno de sus motores, Franco Gandullo, productor artístico y ejecutivo, ya había sembrado una semilla en la capital mediterránea, el Córdoba Gospel Choir, que aún hoy sigue en camino con notables resultados. Gandullo se vino a Buenos Aires a replicar y potenciar esa experiencia y encontró acá a una compañera ideal: Natalia Welbey, directora del grupo.

Natalia tiene una voz extraordinaria, una técnica depuradísima y mucha ruta en sus escasos 33 años: acompañó como corista en giras o grabaciones a –por solo empezar a enumerar– Pedro Aznar, Vitale, Baglietto, Bob Telson, Diego Torres, Víctor Heredia, Bahiano, Mihanovich, Patricia Sosa; hizo cruceros, cantó en Nueva York, en México, hizo jazz… Domina todas las facetas del canto negro: la épica, el desgarro, la seducción, el susurro, el rugido, el melisma.

Tras ella, se alinean 100 (¡cien!) cantantes amateurs y profesionales unidos por el amor a esta música y una pequeña pero muy sólida formación instrumental (piano, bajo, guitarra y batería). Juntos, recorren un repertorio que atraviesa 250 años, del himno “Oh, Happy Day” (del siglo XVIII) o el spiritual tradicional “I Wanna Be Ready” a gemas del cancionero contemporáneo: “Bridge over Troubled Water” (de Simon & Garfunkel, vía Aretha Franklin), “Victory” (de Yolanda Adams, figura central del gospel actual) o “I Believe I Can Fly” (balada hitera de los ’90 firmada por R. Kelly).

El Coro Gospel está aún en etapa formativa. Sus versiones son cuidadísimas, el sentimiento es sincero, pero lo que hay por delante es todavía mucho más de lo que hay por detrás. Lo cierto es que ya existe y, además de potencial, tiene un brillante presente.

6 de mayo de 2011

Eddie Shaw: el heredero de Howlin' Wolf



Excepto algunos grandes nombres, la escena del blues de Estados Unidos es una escena reducida, en la que enormes músicos sobreviven en pequeños bares de blancos o sueñan con saltar el cerco del público negro y llegar a las mejor dotadas billeteras caucásicas. Tras el auge de los ’60 y ’70, el género cayó muchos puestos en las preferencias anglosajonas. La segunda generación de la movida de Chicago nunca pudo ocupar los espacios que dejaron vacantes Willie Dixon, Muddy Waters, Howlin’ Wolf o Jimmy Reed.

Paradójicamente, esa circunstancia transformó el estrecho circuito en una mina de oro para productores y público de una ciudad con un pequeño y fiel corazón blusero como Buenos Aires. El año pasado vino John Primer, último guitarrista de Muddy Waters, y encendió el húmedo auditorio del Bauen. Ahora llega Eddie Shaw, saxofonista que integró el grupo de Waters, fue arreglador en decenas de grabaciones (entre ellas, de Dixon) y un pilar de la banda de Howlin’ Wolf. A tal punto que, tras su muerte, siguió al frente de la agrupación bajo el nombre de Eddie Shaw & The Wolf Gang.

Con un estilo personal (adopta en el canto algunos yeites del vocalista que aullaba como lobo y elige en sus solos de saxo frases punzantes y entrecortadas, como si tocara la guitarra), mucho, mucho oficio, ganado en horas sobre el escenario, y –seguramente– un agudo sentido del show (para el músico de Chicago el blues no es solo tristeza, es también sensualidad, baile y diversión), Eddie Shaw dará cátedra en La Trastienda.